Ayer miraba a mi gata mientras ella miraba a través de la ventana. Me gusta ver su gesto de sorpresa cuando aparece una paloma y la mira como si no hubiera otra cosa en el mundo. Por otra parte, me siento triste porque me recuerda a una situación personal en la que veo cierto paralelismo.
Pero lo que quería contar es otra cosa. Me doy cuenta en ese momento de lo sucios que están los cristales con restos de este invierno lluvioso que no me he animado a borrar, y pienso que mi gata ve el mundo a través de ese filtro y no conoce otro pues no abro las ventanas para que no salte y nunca sale a la calle salvo en el coche y dentro de un transportín para ir al veterinario.
Me aterra pensar que ella crea que el mundo de ahí fuera es así, manchado. Que piense que el cielo es azul con gotas de polvo y que la fachada del edificio de al lado está carcomiéndose y se caerá en algún momento. Segundos más tarde, y siguiendo con esa manía mía del paralelismo, me identifico con ella y me aterro mucho más.
Yo también veo el mundo manchado. Llevo conmigo un burka de dolor, de desconfianza.
Llevo 8 años visitando a un costurero con el que vemos la manera de despegarlo de los ojos o al menos abrir una rejilla para que el resultado de lo visto sea distinto. En ello andamos. Es una tarea delicada y últimamente estamos tejiendo un pequeño tamiz por el que empiezo a ver las cosas no con otros ojos pero sí con otro filtro.
Os dejo, voy a limpiar los cristales...
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